
Lima es una ciudad caótica. Los que consideran Bs. As. caótico no saben lo que es esto. Primero: no hay subte –metro-. No hay tren. Y los buses –las conocidas combis asesinas- son de lo peor. Saltarse semáforos, cruzarse delante de otra unidad para “ganarle” los pasajeros, correr para dejar a la otra atrás... y otras lindezas por el estilo son norma habitual del transporte. Y parar en cualquier lado.
Como en toda ciudad que se precie, siempre el centro es el punto neurálgico. De toda la ciudad, lo más representativo concentrado en unas pocas cuadras. Y el centro de Lima no es menos. Es más. Recorridos los lugares obligatorios de toda visita (Plaza de Armas, San Francisco, Paseo Chabuca Granda, Jirón de la Unión, Plaza San Martín, Plaza Francia y Paseo de los Héroes Navales –en este caso no llegamos a Abancay, que ya era un poco más lejos y no nos alcanzaba el tiempo) bajamos hacia el “Gran Parque de Lima”. Habría que decir la gran decepción de Lima. En una época era un parque bonito, que incluía un pequeño jardín japonés (en ningún caso como el de Buenos Aires) regalado por la comunidad japonesa asentada en Lima.
Hace tiempo que el jardín japonés casi desapareció. En el centro de lo que era un lindo parque había una “Cabaña” utilizada para eventos culturales. Se les quedó pequeña hace algunos años. El alcalde anterior construyó un enorme anfiteatro de hormigón armado, en cuya base se dispuso un surtido conjunto de puestitos de comida chatarra. Por supuesto que eso masificó el parque. Y lo ha ido degradando. 
Digamos que mi tendencia a favor de la democracia y a considerar los espacios públicos como “espacios de todos” me hacen respetar que todos usen el parque. Para lo que quieran. Pero en este caso la masificación y la mala política de la Municipalidad han destrozado el parque. Tanto, que me entraron unas ganas terribles de llorar. Donde estaba el jardín japonés ahora hay un montón de aves
(gansos, gallinas de guinea y otros animalitos) para que sean alimentados por los chicos de la zona, cuatro cintas amarillas de seguridad como las que ponen cuando hay obras en la calle... y el lago que solía ser bonito ahora está seco y lleno de graffitis.

No tengo nada contra la expresión artística urbana o callejera, pero la verdad es que en medio del “jardín japonés” no da. Definitivamente.
El otro lago, un poco más grande, que queda junto al auditorio tiene un dinosaurio de cartón piedra horroroso, una isla donde se hacen representaciones para chicos de marionetas o payasos y unas boyas que marcan un camino para balsas a pedales. Y un montón de agua completamente verde.

No disponía de Cámara para mostrarles, pero Internet es un lujo y de aquí saqué unas cuantas fotos, que son las que ilustran este post. (Evidentemente, si las fotos fueran mías, ilustrarían mejor lo que trato de explicar: la desazón total con la que salí del parque)
Para no seguir haciéndola más larga, cuando uno ve eso, y sale del parque completamente deprimido, puede hacer dos cosas. O cortarse las venas, o tratar de dar un paseo por el nuevo “Parque de la Reserva” (que está a unas cuadras) y su “Circuito mágico del Agua”. (el link contiene fotos) El alcalde Castañeda hace un tiempo tuvo la brillante idea que ya que el Gran Parque de Lima murió hace tiempo (eso lo añado yo, pero me imagino que por ahí iba) había que tratar de recuperar otro parque para que sirva de “lugar turístico”. Lo que se le ocurrió es hacer multitud de fuentes en el parque público, cerrarlo con reja y cobrar entrada. Y para ello gastó la friolera cifra de 13 millones de dólares. Claro, cuando uno sabe todas esas cosas lo primero que piensa es ¿no había nada más importante para hacer en Lima que un conjunto de fuentes tan caras? Las necesidades de esta ciudad son muchas y este parque es totalmente superficial. Si le sumas que el día del estreno la gente lo miraba desde fuera porque no todos pueden pagar los 4 soles que cuesta la entrada (al cambio, €1), es el signo de la privatización: convertir en privado un parque público y de esta manera marcar una clara distancia entre los que pueden y los que no pueden entrar. Uno pasea entre las fuentes (y de hecho lo más resaltante es que puedes pasear por debajo de las fuentes, pasando entre el agua sin mojarte apenas... aunque en algunas sí que te mojas –las disfrutan especialmente los niños y los jóvenes-) con las palabras de la publicidad de la empresa de abastecimiento de agua SEDAPAL resonando en los oídos (“Lima es un desierto. Ahorra agua”). Y con todo lo contraria que era yo al Parque de la Reserva convertido en Parque reservado (a los que pagan) y al gasto monumental que se hizo para convertirlo en un adefesio guachafo –en España sería hortera, que es más que cursi- salí contenta de que por lo menos hubiera algo en Lima que se pudiera mostrar a un turista sin sentir vergüenza. Lima es hoy más que nunca la “Lima la horrible” de Salazar Bondy.
Fotos: tomadas de
http://arellanos.blogspot.com/2007/06/paseto-por-el-parque-de-lima.html
http://es.zooomr.com/photos/cyberjuan/
y Wikipedia






















