Marce, en un ataque de contagiar sinceridad y recuerdos del pasado, me pide un post sobre C. No sé si hace tiempo que tengo cosas guardadas que quiero decir. Pero la verdad es que la historia con C., bueno, pongámoslo con todas las letras, Carlos, es un tema difícil, duro, una relación conflictiva llena de momentos vergonzantes que prefiero olvidar y no puedo. Llena de momentos que me han marcado definitivamente y han hecho de mí lo que soy.
Es extraño, porque me encanta hablar de mí. Y muchas veces repaso mentalmente mi historia con C. y como no puedo guardarme algunos detalles lo converso con R.
A R. no le gusta hablar de su pasado y menos del mío. Me pone cara de incomodidad pero me escucha, porque sabe que siento la necesidad de hablar. Y yo largo por esta linda boca que tengo. Tal vez sea la hora de escribirlo. Aunque no sé como quede, no quedará seguro como lo tengo en la cabeza. También hay cosas que no me atrevo a contar, que aún me dan vergüenza y si las recuerdo en voz alta es en momentos muy íntimos y como que no da para contarlo aquí. Pero lo principal sí. Marce, tú querías saber!
Mi relación con Carlos fue larga, muy larga y muy problemática. Sus padres, muy católicos y de derecha, presionaban para que fueramos a misa, para que no nos quedáramos solos, le prohibían llevarme a casa en auto por lo que pudiera pasar (y Carlos igual se llevaba el auto sin permiso de sus padres). Mi madre a veces, sin querer, presionaba un poco porque veía que la relación no era buena. Pero no sé hasta que punto la relación no era buena y hasta que punto la presión de nuestro alrededor nos dificultaba las cosas. Supongo que un poco de ambos. Y la adolescencia, que complica aún más la cosa.
Lo que sí era verdad es que yo me sentía muy desatendida. Ibamos a su casa a tomar algo, o a pasear por su barrio y me dejaba a la puerta del metro para que yo regresara solita. Me enfurecía regresarme sola. Y él argumentaba que si me dejaba en casa el que tenía que regresar solo era él y la distancia era larga. Discutíamos en los supermercados porque tenía la mala costumbre de perderse sin avisar y yo me dedicaba a buscarlo por todas partes. Discutíamos en la calle, porque le gustaba pararse a ver vidrieras de equipos informáticos y cámaras fotográficas, me mostraba los modelos, me insistía para que las viera, pasábamos mucho rato comparando... y bastaba que yo me parara medio minuto a mirar un vestido para que pusiera cara de espanto. Discutíamos la película que ver, discutíamos porque él quería cine y sólo íbamos al cine, pero demasiado cine: llegamos una a ver hasta tres películas seguidas, y una de ellas era Titanic.
Sus arrepentimientos los ahogaba en regalos. Peluches, puzzles, rosas y flores múltiples, videos y cintas de música... Se compró un nuevo equipo de música y me regaló el suyo, que estaba casi nuevo y que era enoooorme. Me compraba ropa, sobre todo en la tienda donde trabajó algunas temporadas. Me compraba anillos de oro. Acabé odiando los regalos, que tapan carencias pero no consiguen ocultarlas del todo.
Me llevaba a comer a restaurantes elegantes. Me llevaba de viaje con el coche. Un día, me vino a buscar a la universidad. Yo estaba estudiando para un exámen. Él había traído el coche de su padre (sin permiso, por supuesto) y me dijo que dejara todo en la biblioteca y me metiera en el auto, que volvíamos pronto. Yo estaba preocupada por todas mis cosas que quedaron en la biblioteca. Y no sabía a dónde íbamos. Él enfiló por la carretera y no decía palabra. Se sucedían los kilómetros y yo seguía sin saber nada. La sorpresa y la sensación de falta de control sobre la situación me mataban de la angustia. Cuando quise darme cuenta, estábamos en Navacerrada (puerto de montaña a las afueras de Madrid), "disfrutando" de la primera nevada de la temporada. Y puse "disfrutando", así, entre comillas, porque yo con la angustia no disfrutaba de nada, y porque además, sin saber los planes de Carlos, había llegado sin abrigo y me moría de frío. Ahí llegué a la conclusión de que ODIO las sorpresas.
Fuimos con sus padres de viaje a Lourdes. Un fin de semana. Al llegar, tomaron dos habitaciones y pretendían que yo me quedara durmiendo con la madre mientras el padre dormía con sus dos hijitos varones. Al final, la cosa quedó repartida equilibradamente por edades y decidieron que que no tenía por qué pasar nada si yo dormía en la misma habitación con los dos hijos (cada uno en su cama, claro!).
Los temas más duros incluyen a sus padres, su comportamiento controlador y manipulador, sus presiones para que fueramos a misa y a catequesis de adultos y, por supuesto, culparme a mí cuando su hijo decidió que no quería más misa. También incluyen falta de respeto por las cosas de Carlos, lecturas de las cartas que nos escribíamos para ver que era lo que yo le decía. Y una vez que llamé a casa de Carlos y él no estaba, me contestó su madre y me pidió mi teléfono con la excusa de dárselo a alguien que conocía que buscaba baby sitter. Al final, el teléfono lo quería para hablar con mis padres a escondidas, del contenido de las cartas. Las largas conversas con la madre de Carlos, que me lloraba por el comportamiento de su hijo y me pedía que yo lo convenciera para que fuera a la universidad, para que se levantara temprano en las mañanas, para que se convirtiera en un chico de provecho.
Con Carlos varias veces hablábamos de casarnos. Pero de verdad que no daba para más esa relación. Si lo pienso, creo que la relación nació muerta. Lo que no sé es cómo duro cuatro años y medio. El último año, prácticamente todos los meses discutíamos porque yo lo quería dejar, y él me lloraba para que no lo deje, y yo me arrepentía y le decía que no. Finalmente, un día tomé la decisión y se lo volví a decir, pero con firmeza. Él se sintió morir, se fue. Pero regresó al rato, repuesto, y me dijo que fuéramos al cine. Pero esta vez, como amigos. Y fuimos. Y ahí se acabó. Tres semanas después quedé con él. Un amigo mutuo ya me había dicho que la noche anterior habían quedado con unas chicas. Yo le pregunté, y él no pudo responder, pero yo ya sabía: él estaba con otra.
Hace algunos años me escribió a mi correo. Me había localizado poniendo mi nombre en Google. Me desesperó un poco la sensación esa de "gran hermano". En España es común que cuando ya se acaba una relación, se acaba y punto. Ya no se puede ser amigos, ya no se puede continuar pero de otra forma, ya no hay contacto. El hecho de que él intentara retomar el contacto me chocó. Yo le dí largas. Y no sé más de él.