Nieve



Yo sé que los que están en el helado hemisferio Norte me van a odiar. No importa.

En este momento estoy cruzando los dedos (ojito con la dificultad de cruzar los dedos y tipear a velocidad constante) para que se mantenga el temporal de frío y nieve hasta la semana que viene. Hasta que desembarque en Madrid. Unos días no más. ¿Es mucho pedir?

Hace ocho años que vivo en Lima. Ocho. Rápido se dice, pero es un montón. Y Lima, Lima... Lima es un desierto. De los desiertos cálidos. De la "eterna primavera" (ah, no, esa es Trujillo). De la temperatura constante y el gris panza de rata: color gris que adopta el cielo el 99.9% del tiempo. De los inviernos de 15º (sobre cero, claro) en que todo limeño que se precie se queja del horroroso frío que hace. De los veranos de 25º (hasta 32, puede) en que uno traspira por todos los poros y la “resolana” (el sol que se filtra a través de las nubes) te tuesta la piel. Del verde perenne. Del “no llueve nunca”, salvo alguna gota perdida que pone el suelo sucio y no limpia ni las calles ni el ambiente.


Cuando vivía en España seguro que alguna vez, viendo la lluvia desde la ventana, saltando charcos y luchando contra el viento para que no se lleve el paraguas, pensé “lo que daría por vivir en una ciudad de sol todo el año, de temperatura primaveral”. Bueno, vivo en una ciudad de poco sol, pero temperatura primaveral todo el año. Y aburre tanto como mirar por la ventana y ver “otra vez nieve”. Se supone que el calorcito, el sol, una temperatura moderada que te permite usar la terraza todo el año, son cosas buenas, lindas, que animan. Pues la verdad es que uno daría cualquier cosa por un poco de nieve, de blanco; de lluvia torrencial y de olor a asfalto mojado; de hojas caídas en otoño y ocres, naranjas y amarillos en los árboles; de paraguas multicolores agolpándose en las calles; de arcoiris en el cielo; de pasar meses esperando ansiosa el verano y el calor.

Me pasa como con el mar: siempre desee vivir en una ciudad con mar. Ahora vivo en una ciudad con mar, aunque de verdad es una ciudad “de espaldas” al mar. Y no tiene ninguna de las cosas buenas del mar y sí todos los inconvenientes (el salitre implacable que corroe todo y el olor a pescado podrido algunos días del año).



Fotos: "Paraguas al vuelo por la calle", de Antonio Varas (http://www.antoniovaras.com/cuadro.asp?id=210)
y Manifestación del 11-M (http://www.cazurrabit.com/2005/diario/02/16/index.html)

Si, ya voy...

Otra vez como siempre, me reclaman y contesto. Quería escribir. De verdad. Pero da pereza. Además, fin de año fue un horror. Se agolparon las malas noticias, una tras otra, y aunque tuve la intención de comentarlas (ya había pensado hasta en el título del post) pensé que mejor no, que Navidad y Fin de Año no eran para esos trotes. Que había que ponerle buena cara: una nota alegre!!! No, no sale.

Bueno, pues aquí estoy. Alistando maletas para volver. Bueno, volver no, porque no es definitivo sino temporal. Voy dos meses a Madrid. Después de 8 años, que se dice pronto. Ahora todo me da miedo: el avión, el viaje, lo que voy a encontrar al llegar, que la maleta se extravíe en el aeropuerto... Bah, tonterías, porque con la tensión con la que he vivido final de año, que aún no se pasa, lo único que quiero es esconder la cabeza en un hueco bien profundo y olvidarme del mundo y cruzar los dedos para que el mundo se olvide de mí. Y sin embargo, aquí estoy, pensando en maletas, en toda la gente a la que tengo que visitar cuando llegue, en ir a comprar alguito para ellos para no llegar con las manos vacías, en aprovechar para investigar lo que digo desde hace años que podría investigar si estuviera en Madrid...

Bueno, llegó la hora de volver. Y lo que desearía, en verdad, es quedarme.





P.D.: Pucha! ¿es que nunca me voy a desprender de esta negatividad que exhalo por todos los poros?