Pues pasó lo que tenía que pasar. Hace ya algunos meses que recibimos puntualmente todas las noches la visita de una gata techera que vive a varias casas de distancia de la mía. El hecho de vivir en casas y no en departamentos y el que estén abiertas hacia adentro, facilita el recorrido de la gata por los tejados y que se cuele en la casa. Prácticamente, hacia adentro de mi casa no hay puertas y en realidad desde que tiramos abajo una pared vieja, mi cocina comparte el mismo espacio físico que la terraza (es decir, tengo la cocina en la terraza, para que quede más claro) así que la gata aprovecha para deambular en la basura causando estropicio total que nos revela sus paseos con nocturnidad y alevosía. Las marcas de pequeñas huellas en la pared también revelan sus hábitos nocturnos.
La pregunta que me surge es ¿cómo no nos dimos cuenta de lo que estaba pasando en la habitación del fondo? Eso es algo que se me escapa. La habitación está cumpliendo las funciones de trastero y también sirve para colgar la ropa lavada. Hay algunas cajas vacías que se amontonan a la espera de que hagamos algo con ellas. En una de ellas, el domingo, encontramos cinco gatitos que debían tener unas dos semanas de edad. Al poco apareció la mama, gata techera que nos visita desde hace algún tiempo. Es evidente que la mamá dio a luz dentro de la caja y que ha mantenido a sus crias ahí, hasta que han sido lo suficientemente mayores como para maullar y que nos dieramos cuenta de la situación.
Bien, una vez planteado el problema la cuestión era qué hacer. Las opiniones mayoritarias coincidían en que los gatos no podían seguir ahí. Dos voces clamaban que había que sacarlos a la calle con caja y todo, lo más lejos posible, mientras unas manos caritativas preferían ponerles un pequeño platito con leche. Finalmente, se impone el destierro y los gatos salen de la casa a plena calle con caja y todo. Allí los ve R., con disconformidad, pide que por la misma puerta que los gatos han salido, vuelvan a entrar, porque supone un auténtico crimen dejarlos morir de frío en plena calle, peor que matarlos a golpes dentro de una bolsa. Y es que, aunque aún estamos en mayo y en Lima la temperatura no baja demasiado, se empieza a sentir algo de frío. La opinión de R. era ir con caja y todo a la casa de la vecina, a decirle que sus gatos nos dejaron sorpresa en la casa y que se la quede, ya que ella los tiene en su casa y los alimenta. Sin embargo, aún no habíamos decidido plenamente actuar cuando solita la gata solucionó el problema.
Para eso ya era lunes, allá estábamos viendo a los gatitos de vez en cuando, que lloraban a los gritos y no se sabía bien que hacer con ellos. Bueno, al rato de oirlos gritar R. se asoma a la caja y ve que sólo quedan cuatro. Como en la canción de los perritos, unas horas después ya sólo quedan tres y así hasta que no queda ninguno. Mucha vuelta le dimos a los gatitos entre el domingo y el lunes y la gata decidió que no era lugar seguro para sus hijitos y se los fue llevando.
La gran pregunta es cómo consiguió saltar desde mi casa a la del costado cinco veces cargada con un hijito en la boca: el espacio que se le abría por delante era de un metro y la caída libre era de dos pisos. Cosas de gatos, supongo.
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