Sobre Perú y la democracia

Analizando el fracaso electoral peruano, Egocrata se pregunta "¿Por qué la mayoría de democracias latinoamericanas tienen una clase política tan horriblemente incompetente?". Evidentemente esta pregunta no tiene una fácil respuesta, pero trataré de dar la mía, a sabiendas de que el resultado puede ser tan poco satisfactorio como el de otros.

Una razón importante es el acceso a la información. La geografía y la política se han unido a lo largo de la historia republicana del Perú facilitando la aparición de caudillos locales, que pugnaban por el poder enfrentándose a Lima. El centralismo de la administración unido a las largas distancias y diferencias dentro del Perú convertía la política en una pugna entre la capital y los departamentos (provincias), que favorecían la aparición de poderes locales. En América Latina ha sido habitual la aparición de caudillos que representan la imagen del liderazgo, una imagen personificada en un candidato concreto.

Las cédulas electorales tenían no sólo el nombre del partido, sino el símbolo del partido y la cara del candidato, para que sea más fácil para los analfabetos poder elegir a su candidato. Bastaba con marcar una cruz o aspa sobre la foto o el símbolo.

Es la personalización en la política, en la imagen del caudillo o del jefe, que no es fácil que pueda transmitir su liderazgo a otros. Eso es lo que le ha pasado al Fujimorismo. Ha sacado una razonable bancada parlamentaria, pero su candidata (Marta Chávez) no ha podido recoger los votos de una buena cantidad de población que ansía el retorno del lider carismático.

Este personalismo, por tanto, dificulta la aparición de partidos sólidos. Y se une al presidencialismo que facilita el acceso al poder simplemente por medio de una agrupación improvisada y de última hora. La última ley de partidos políticos trató de revertir esto con un éxito cuestionable. La solución era crear agrupaciones grandes (exigiendo gran cantidad de requisitos para la inscripción que lo que favorecieron es la aparición de alianzas electorales que no son partidos sólidos, y que ahora acabadas las elecciones ya se están desintegrando) y limitar su permanencia según los resultados electorales: todo partido que alcance menos de 4% en las elecciones deberá volver a inscribirse de nuevo, haciendo toda la parafernalia anterior otra vez (recogida de firmas, etc.).

Como en toda elección, no estuvo menos presente la táctica de llamar al "voto útil" y eso restó muchos puntos a partidos políticos pequeños o poco conocidos. La presencia en los medios de determinados candidatos ayudó a reducir el espectro a tres, que fueron los que se disputaron en primera vuelta su pase a segunda vuelta. En algunos círculos que yo frecuento se decía que la prensa había ejercido de primera vuelta.

Evidentemente, no es que todos los candidatos que se presentaron fueran malos. Había variedad para escoger (veinticinco se presentaron a primera vuelta, aunque alguno se fue retirando al poco tiempo), y no se puede decir que sean todos malos.

Sobre propuestas políticas, la verdad es que se habló poco en esta campaña. Eso también está relacionado con los intereses de la gente y con la poca audiencia que tiene la política. Sin embargo, el desapego por la política no es exclusivo de América Latina, sino que es un sentimiento bastante extendido.

Finalmente, otro elemento que contribuye al desapego de la política y a las malas elecciones es el sistema a dos vueltas. Concebido inicialmente para que el ganador sea elegido por la mayoría de la población (en segunda vuelta quedan dos y el elegido, por tanto, tiene que ser votado por más del cincuenta por ciento de votos válidos), no ha conseguido que ese voto sea reflejo de un respaldo mayoritario al presidente. Es un respaldo que desaparece pronto. Es el voto del mal menor. Este voto del mal menor ha tenido como méritos indiscutibles en el Perú la elección de Fujimori en 1990 para que no entre Mario Vargas Llosa (que proponía un modelo neoliberal y de derechas, mismo modelo que al final aplicó Fujimori), Toledo para que no entre Alan García en el 2001 y ahora Alan García para que no entre Ollanta Humala. La gente no vota por decisión razonada, sino por antipatía al otro candidato. Otra opción es la de viciar el voto (voto nulo: aquí votar en blanco es un poco peligroso, porque existen grandes corruptelas que permiten que tu voto sea manipulado en la mesa, por lo que mejor es un voto nulo que ya no pueda manipularse), pero la opción de viciar el voto en los últimos días antes de la elección fue denostada al máximo.

Bien, aquí esbozo algunos elementos que creo configuran el panorama político peruano y que dan a entender las dificultades de instauración de la democracia en un país como este. Faltaría hablar de la historia reciente peruana: la violencia política (la aparición en el escenario político de dos grupos subversivos: el Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Tupac Amaru) y la política de Fujimori (que trató de menoscabar la presencia y prestigio de los partidos políticos como una manera de perpetuarse en el poder) también tuvieron algo de culpa. Pero eso lo dejaremos para otro momento.

2 comentarios:

R. Senserrich dijo...

Muy buen post, si señora. El caudillismo local, y eso de votar lo que dice el señor, es un cáncer que sigue existiendo, y que hace que sólo los que son lo suficiente desalmados para utilizarlo tengan opciones....

tusitala dijo...

Gracias, quedó más largo de la cuenta, pero me alegro que le gustara.

Alan García y Ollanta Humala representan finalmente una nueva versión del caudillismo, que no sólo se presenta a nivel local sino también dentro de los partidos políticos, y que hace tan difícil la renovación de las cúpulas partidarias.

Intentar el traspaso del poder puede para ellos tener tanto éxito como el que ha tenido para Alberto Fujimori: ninguno.