Acabo de estar revisitando mi propia página, recordando lo que han sido estos últimos meses, y me he dado cuenta que he dejado un poco de lado la política. Dejé mi grupo con el que conversaba de política todas las semanas, dejé de escribir de política, limité la política a mis clases de REALIDAD NACIONAL E INTERNACIONAL. ¿Debería retomar el tema? Bueno, retomemos.
La semana que pasó fue noticia candente la visita del ex-presidente J. M. Aznar al Perú. Fue investido Profesor Honorario de una universidad privada peruana, cosa que ha dejado en algunos un agrio sabor (el más crítico, como siempre, el periodista César Hildebrandt, que escribió una columna en la que no paró de llamarlo "mentiroso").
Entre las lindezas que dejó su visita a estas tierras están unas cuantas declaraciones estupendas, realmente estupendas, en las que destaca hablar de la importancia actual del "islamofascismo", como definió el terrorismo islámico e incluyó a Chávez entre los seguidores de esa causa, o señaló que “Es más que inquietante que en esta región (Latinoamérica) se empeñen en construir el socialismo del siglo XXI cuando vemos las desgracias que ocasionó en el siglo XX". También Aznar advirtió de la existencia de un bloque de países "que podría seguir la senda del populismo, las coaliciones negativas, y la falta de respeto a la democracia y al Estado de Derecho".
Si se suman a las recientes declaraciones de Washington, donde dijo "no oigo a ningún musulmán que pida perdón por conquistar España y estar allí ocho siglos", la sorpresa no es para menos.
En realidad poco se puede esperar del señor de bigotes. El problema, señor Aznar, no es la izquierda, es una derecha sin brújula que se dedica a echar pestes sobre todo lo que le rodea y no sea afín a sus ideas.
Y yo luego me sorprendo que en este país me reclamen, como española, que les devuelva el oro del Perú. Lo que hay que ver.
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