Viernes, otra vez. Abrir los ojos con la sensación de lunes (de primer -y único- día laborable de la semana). Tres horas con los monstruos. Repito: tres horas. Tres. Interrumpidas por el break. Casi mejor que no hubiera break, porque el hecho de hacer break después de la primera hora convierte toda esa hora en una larga sesión de break dentro del aula. Y las dos horas después del break, también. Para que lo vamos a negar. Tres horas como siguen:
Profe, ¿puedo ir al baño?
Miss, ¿por qué me ha jalado (N. del T.: suspendido)?
Miss, ¿puede repetir eso que dijo hace diez minutos?
Profe, profe... Miss...
(Aclaro, por si no lo parece llegados a estas líneas, que los susodichos "monstruos" tienen entre 17 y veintimuchos y estudian -se supone- para ser empresarios el día de mañana.)
Por cierto, me encanta enseñar, pese a que vuelvo a casa como si me hubieran dado una tunda de palos.
P. D.: sé que me quejo de vicio. Que al final tres horas son poco para alguien que está más acostumbrado que yo a lidiar con ellos, conozco -los tengo como ejemplo a ¿(no) seguir?- a profesores de veinte a treinta horas dictadas por semana. Todavía no tengo claro si les envidio.
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)



1 comentario:
Hola yo estoy de acuerdo que pongan detras de rejas para el resto de sus vidas d elos violadores de menores.porque no tienen derecho a la libertad.desde el momento en que cometiron un crimen imperdonable como es la violacion.
Publicar un comentario